¿Nos está volviendo tontos Internet?

23 Jun

Ésa es, simplificada al extremo, la tesis que defiende Nicholas Carr, autor del reciente The Shallows, y que ha propiciado un cierto debate en la Red en las últimas semanas.

En un artículo aparecido el 5 de junio en el Wall Street Journal bajo el título Does the Internet Make You Dumber? (¿Internet te vuelve más tonto?), explica Carr que Internet, con sus constantes distracciones, está reduciendo nuestra capacidad de comprensión y producción de razonamientos elaborados, nos está volviendo más “superficiales”, y, como parecen avalar varios estudios científicos que cita en el artículo, estos cambios se están reflejando en la estructura neuronal de nuestro cerebro.

Termina Carr su artículo comparando Internet con los libros impresos:

Leer una secuencia larga de páginas nos ayuda a desarrollar una rara especie de disciplina mental. Después de todo, la tendencia innata del cerebro humano es a la distracción. Estamos predispuestos a estar a ser conscientes de todo cuanto podamos de lo que sucede a nuestro alrededor. Los cambios rápidos, reflejos, de nuestro centro de atención fueron en una época decisivos para nuestra supervivencia. Reducían las probabilidades de que un depredador nos sorprendiese o de que pasásemos por alto una fuente de comida cercana.Leer un libro es un proceso de pensamiento antinatural. Requiere que nos situemos en lo que T. S. Eliot, en su poema “Los cuatro cuartetos”, denominó “el punto inmóvil en el mundo que gira.” Tenemos que crear o fortalecer los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar nuestra tendencia innata a la distracción, consiguiendo así mayor control sobre nuestra atención y nuestra mente.

Es este control, esta disciplina mental, es lo que podemos perder si dedicamos cada vez más tiempo a ojear  y sobrevolar la Red. Si la lenta progresión de palabras sobre páginas impresas sofocaba nuestra ansia de vernos inundados por estímulos mentales, Internet la favorece. Nos retrotrae a nuestro estado original de distraimiento, ofreciéndonos muchas más distracciones de las que tuvieron que  afrontar nuestros ancestros.

El día anterior, en el propio WSJ, Clay Shirky había publicado a su vez un artículo titulado Does the Internet Make You Smarter? (¿Internet te hace más listo?), en el que comparaba la revolución que estamos viviendo con situaciones análogas del pasado:

Por poner un ejemplo conocido, la idea esencial de la revolución científica fue la revisión por pares, la idea de que la ciencia era una empresa colaborativa que incluía la retroalimentación y la participación de terceros. La revisión por pares fue una institución cultural que daba por supuesta la existencia de la imprenta como medio para distribuir los resultados de la investigación rápida y ampliamente, pero añadía el tipo de restricciones culturales que lo hacían valioso.Hoy vivimos una explosión similar de capacidad de publicación, en la que los medios digitales conectan a más de mil millones de personas en una misma red. Esta conexión nos permite a su vez aprovechar nuestro excedente cognitivo, los mil billones de horas por año de tiempo libro que la población educada del planeta tiene para dedicar a hacer cosas que les importan. En el siglo veinte, el grueso de ese tiempo se empleó en ver la televisión, pero nuestro excedente cognitivo es tan enorme que desviar tan sólo una pequeña fracción del tiempo de la consumición a la participación puede generar enormes efectos positivos.

[…]

Desde luego, no todo lo que a la gente le interesa es un proyecto de altas miras. Cada vez que los medios se vuelven más abundantes, la calidad media desciende rápidamente, mientras que nuevos modelos institucionales para (conseguir) calidad tardan en aparecer.

Eso también pasa siempre. En la historia de la imprenta, las novelas eróticas aparecieron 100 años antes que las revistas científicas, y las quejas sobre la distracción han sido constantes; Martín Lutero, uno de los mayores beneficiarios de la imprenta, se quejaba: “La multitud de libros es un gran mal. No hay medida del límite a esta fiebre por escribir.” Edgar Allan Poe, escribiendo durante otra oleada de publicaciones, concluyó: “La enorme multiplicación de libros en todas las ramas del conocimiento es uno de los mayores males de esta época; pues supone uno de los más serios obstáculos a la obtención de información correcta.”

La respuesta a la distracción, entonces como ahora, fue la estructura social. La lectura es un acto antinatural; estamos tan diseñados para leer libros como lo estamos para utilizar ordenadores. Las sociedades alfabetizadas llegan a serlo invirtiendo una cantidad extraordinaria de recursos, año tras año, en enseñar a los niños a leer. Ahora nos a nosotros toca buscar la forma apropiada de moldear nuestra utilización de las herramientas digitales.”

Como evidencia de que la cuestión suscita interés, se publicaba a los pocos días en el New York Times un artículo de Steven Pinker, profesor de psicología en Harvard, titulado Mind over Mass Media (algo así como La mente prevalece sobre los medios de masas), en el que defendía la postura de Shirky.

A su vez, el artículo de Pinker dio lugar a réplica del propio Carr en The Edge, acompañada de comentarios de Douglas Rushkoff y Evgeny Morozov.

También se sumó a la conversación Steven Berlin Johnson, autor del libro Everything Bad Is Good for You: How Today’s Popular Culture Is Actually Making Us Smarter (Todo lo malo es bueno para ti: Cómo la cultura popular actual en realidad nos está volviendo más listos), primero a través de un artículo en el propio NYT titulado Yes, People Still Read, but Now It’s Social (Sí, la gente sigue leyendo, pero ahora es social), y unos días después desde su propio blog.

Evidentemente, el debate está servido.

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